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DESDE EL FARO DE TAPIA


Tapia de Casariego y el Occidente de Asturias en los años cincuenta


MANUEL D. ALEDO

DYAL



Portada:
                             Puerto deTapia de Casariego, pintado por Lapido Portela en 1957





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ATENCIÓN:


PRESENTADO EN TAPIA Y EN NAVIA,  por su autor,  MANUEL DÍAZ ALEDO

en:
Feria del Libro  2012 (Navia)
Feria Campomar   2012(Tapia)











©  2011 Dyal
Soluciones Optimización y Mejora Internet, S.L.

Impreso en España
Printed in Spain

No está permitida la reproducción total o parcial de esta obra
ni su tratamiento o transmisión por cualquier medio o método
sin la autorización escrita del autor, titular del Copyright.




Autor:   Manuel Díaz Aledo

Propiedad Intelectual: ©  Manuel Díaz Aledo

Diseño de la portada: Dyal  (La Coruña)

Maqueta e imprime :   Dyal  (La Coruña)

ISBN : 978-84-936449-4-9




NOTA DEL EDITOR: Para ver en esta publicación en internet todos los capítulos o solamente algunos de ellos basta con hacer clic sobre el título que aparece, para cada uno, en la sección ARCHIVO DEL BLOG al final de esta primera página y, de este modo, se entra en cada capítulo o bloque de capítulos.

Incluye numerosas fotografías intercaladas con el texto

ÍNDICE


INTRODUCCIÓN

PRIMERA PARTE
Capítulo I:
De Ribadeo a Tapia                                      
Capítulo II:
Tapia: Vida y costumbres
Capítulo III:
El CIT de Tapia de Casariego
Capítulo IV:
El Faro de Tapia
Capítulo V:
De la vida del pueblo
Capítulo VI:
Con nombre propio
Capítulo VII:
Ecos de Sociedad
Capítulo VIII:
Cosas del mar en el Occidente Asturiano
Capítulo IX:
De Vegadeo a Navia: De las crónicas de “El Faro de Tapia”

SEGUNDA PARTE
Capítulo X:
Portadas de “El Faro de Tapia”
Capítulo XI:
Anuncios publicitarios en “El Faro de Tapia”

TERCERA PARTE

César Díaz Echevarría y su labor periodística en Tapia
Maravillas del Occidente Astur: Viavélez
Tierras del Occidente: Los Oscos
Puertos del Occidente: Puerto de Figueras
Un rincón de ensueño en la ruta de la Costa Verde
Una tormenta pone un paréntesis en la fiesta de San Pedro de Tapia
El puerto de Tapia parece haber sido creado a propósito para impresionar al artista
Navidades en Tapia
La leyenda de Pin y Clarina
INTRODUCCIÓN

No es difícil enamorarse del Occidente de Asturias, esa tierra prodigiosa, entre salvaje y exuberante de belleza, en la que se funden los sentimientos de alegría y de tristeza, de añoranzas y de asombros, del mismo modo que lo hacen el verde de sus praderas y las blancas arenas de sus playas…Y es más fácil, todavía, enamorarse perdidamente de Tapia de Casariego, esa perla encontrada en el campo, junto a un mar eternamente rompiente, con sus olas infinitas que retozan días, meses, años…

Era un niño, con apenas doce años de edad, cuando llegué a Tapia. Pero mis sentimientos saltaron a tope en ese tiempo feliz de mi estancia en esa villa.  Corría el año 1955 cuando entraba, por primera vez, en el pueblo. Era verano. Y poco más de un año más tarde, hacia finales de 1956 regresaba, de nuevo, a Ribadeo para vivir allí. Pero en Tapia se quedó, sin yo saberlo por entonces, un pedacito de mi ser y de mi corazón. Y de este modo, en mis sentimientos quedaron grabados para siempre aquellos días alegres y llenos de vida y de vivencias.

Fueron semanas y meses de sol y de lluvias, de fuertes granizadas y de nieves, de fríos de larga estancia y de nubes galopantes. Fueron días  en los que las tormentas, repletas de rayos, truenos y relámpagos no nos olvidaban, visitándonos cada cierto tiempo con su retumbar, cual tambores lejanos, en las montañas más próximas. Y nos dejaban a oscuras, con la luz de las velas acompañándonos durante noches enteras, mientras mi padre, César, contaba largas historias y cuentos que nos llenaban de emociones a mi hermana Loles y a mí, bajo la amable mirada de mi madre, Lola  ¡Que lento pasaba el tiempo en aquellos días!

También fueron días de recorridos inolvidables por la playa de Tapia, la Ribeiría, por las orillas del río Anguileiro, por los roquedales de ambos lados del arenal. Bajaba hasta la playa en cuanto podía, fuera invierno o verano. Y corría… corría sin cesar hasta alcanzar las olas que venían, ya muy mansas, a saludarme, mientras la brisa marina cortaba mi rostro y lo curtía con sus aromas de algas y  salitre.

Los veranos, cortos del calendario pero largos en el curso escolar, permitían que los chicos de Tapia acudiésemos a la playa desde junio hasta finales de setiembre. Y nos bañábamos, con sol o con lluvia, en las frías aguas del Cantábrico tapiego. Y en las tardes otoñales o de primavera, en la dulce tranquilidad del pueblo, entre días aparentemente intrascendentes, sin sucesos dignos de mención ni de recuerdo, los niños jugábamos incansables corriendo por las callejuelas del pueblo hasta llegar al muelle.

¡El muelle! El muelle de Tapia, tan pequeño y diminuto como exuberante de vida marinera en su más pura esencia. Unos pocos  barcos de pesca de pequeño cabotaje, un grupo de pescadores, unas redes tendidas por el suelo, una dulce brisa marina, un intenso olor a algas, unas cajas de sardinas o de bocarte y media docena de botes de remo y vela amarrados a tierra, con sus cabos estirados hasta unas argollas de sujeción. Y poco más. Este era el muelle de Tapia por el que curioseábamos, sin cesar, los niños del pueblo, absortos y soñadores.

Tapia llenaba mi ser de sentimientos, mezcla de lo que mis ojos veían y lo que escuchaba, de olores marinos y de sensaciones cruzadas, entre el cielo y la tierra, mientras iba pasando de la niñez a la adolescencia. Y disfrutaba, junto a los míos, en medio de los pequeños agobios del día a día de un estudiante de bachillerato. Entre juegos y preocupaciones por las clases, los deberes y las preguntas de mi profesor, el Sr. Labandera.

Por todo lo anterior, es para mí una obligación de gratitud escribir las páginas que siguen, con mis recuerdos de Tapia de Casariego de esos años cincuenta en los que pisé sus calles y estuve entre sus gentes. Y además, lo es también hacia la figura de mi padre, César, que en unos pocos años se convirtió en un tapiego más y lo demostró sobradamente en ese tiempo, haciendo El Faro de Tapia, cooperando con el CIT, enviando sus crónicas a Radio Luarca y participando en toda clase de iniciativas para el desarrollo turístico de Tapia, surgidas por entonces, cuando no emanadas de su propia mente e iniciativa.

Las páginas que siguen no son historia ni fruto de investigaciones rigurosas. No tratan de narrar todos los sucesos de unos años en Tapia. Son, tan sólo, un manojo de agradables recuerdos personales y de conversaciones que escuché, en silencio, disfrutando por ello, junto a mis mayores y algunos de sus amigos. Unas veces sentados junto a la lumbre, en largas noches de invierno; otras paseando por calles y carreteras del pueblo y de su entorno. También, en parte importante, se han extraído de la lectura atenta y minuciosa de numerosos ejemplares de El Faro de Tapia, que mi padre me dejó como un recuerdo querido de las muchas horas que dedicó a escribir en él y a gestionarlo.

Disculpe, en consecuencia, el lector si echa en falta nombres, lugares o sucesos de aquellos años cincuenta. También, si observa alguna incorrección en nombres o fechas. Como se ha dicho, el libro no pretende ser riguroso estudio de una época. La memoria personal tiene las propias limitaciones que el paso del tiempo nos va imponiendo. Pero sí puedo asegurar que este libro que tienes en tus manos, querido lector, está hecho con grandes ramilletes de cariño hacia Tapia de Casariego. Es un tributo de mi admiración por este pueblo que ha sabido, hasta ahora, mantener sus más puras esencias, pese al lógico crecimiento por el paso de los años. El muelle, la playa, sus calles viejas,  siguen teniendo el sabor esencialmente marinero. Sus múltiples visitantes veraniegos se suman, sin excesiva distorsión, integrándose, a esas viejas esencias. Y Tapia se mantiene siendo eso… Tapia de Casariego. La que yo conocí en mis años mozos. La que llevo, allá en el fondo de mi corazón y de mis recuerdos.

Desde el espigón exterior del  muelle, apoyada mi espalda sobre la cilíndrica pared de una de las torretas de luces de entrada a la dársena, teniendo tras de mí el viejo edificio del faro, no puedo menos de sonreír, con alegría, al comprobar ahora que esto es lo mismo que yo viví en aquellos años. Que allí, como en estos momentos, apoyado en aquel lugar o sentado en alguno de los escalones contiguos veía venir, unas veces, las olas desafiantes o juguetonas tratando de saltar el espigón protector, mientras que en  otras, las veía llegar, melódicas y románticas, a besar las bases graníticas de aquellas construcciones cimentadas sobre las mismas rocas.

Gracias, Tapia de Casariego.
CAPÍTULO I

DE RIBADEO A TAPIA

Transcurría el verano de 1.955 cuando me llevaron a Tapia por primera vez. Acababa de terminar el curso escolar de Bachillerato en el Colegio Santo Tomás de Aquino de Ribadeo, también denominado La Academia y El Patín. Allí había estudiado el Segundo Curso de Bachillerato, mientras nuestro hogar paterno estaba en el Jardín, en la hermosa localidad gallega. Mi padre había partido para Tapia meses antes, destinado para trabajar allí.  Tras su etapa militar, bruscamente terminada en 1953 en tierras de Melilla, por decisión propia y su paso a la vida civil, ansiaba volver a tener un trabajo. Su natural laborioso y dinámico le llevaba a no poder estar inactivo. Por eso, el día en que logró su nuevo empleo de administrativo en la Casa Sindical de Tapia fue, para él y para todos nosotros, de gran alegría.

Atrás quedaron los días en los que junto a mi padre, César, habíamos regresado a Ribadeo, en el coche de línea que nos traía desde Lugo, en los primeros días de julio de 1953. La inmensa alegría de volver a ver a los suyos, sus padres, hermanos y otros parientes, se mezcló con el vacío de haber dejado atrás una existencia llena de actividad y vivencias. Debía comenzar su vida  de nuevo. El disfrute de pasear otra vez por las Cuatro Calles, bajar a Porcillán o ir al Cantón Bar, viendo y saludando a antiguos amigos de infancia y juventud, se entrelazaba, de continuo, con la necesidad de volver a trabajar. Fueron meses muy duros, en lo anímico y en lo económico.

Y, por fin, al cabo de un tiempo, le era posible comenzar una nueva vida laboral. Pero era necesario ir a Tapia de Casariego, allí estaba su nuevo trabajo. Y así comenzó ésta  etapa, en la tranquilidad infinita de la hermosa villa asturiana, lejos ya de tantas vueltas por España y de tantas cosas vividas, gravadas en su alma. Y en Tapia encontró a la par, una gran actividad en diversos frentes y un núcleo de buenos amigos.



Tapia al final de los cincuenta

De inmediato, se trasladó desde Ribadeo a este vecino pueblo asturiano y comenzó una nueva vida profesional. Mientras, mi madre, Dolores, mi hermana Loles y yo, permanecimos unos meses más viviendo en Ribadeo, hasta el final del citado curso escolar, allá por el mes de junio de 1955. Durante esos meses que, ante la ausencia de mi padre, se nos hicieron largos, él venía los sábados por la tarde para marcharse en la madrugada de los lunes. Durante muchas semanas, el proceso era idéntico. Los lunes, se levantaba muy de madrugada y caminando a través del Jardín y las Cuatro Calles ribadenses, bajaba al muelle de Mirasol. Allí le esperaba alguno de los barqueros que hacían la travesía a Castropol, con quienes ya estaba de acuerdo para cruzar la ría en sus embarcaciones. Generalmente Primote o Ramón del Busto eran quienes le llevaban en sus botes. Cruzaban, la mayoría de los días, a remo entre las seis y siete de la mañana. Es fácil imaginar, en aquellos largos meses del invierno norteño, las inclemencias meteorológicas que debía soportar en aquellos madrugones, con cruce de la ría incluido, mientras nosotros nos quedábamos en la cama, un tanto tristes por la ausencia del padre de familia. El objeto de esa travesía, que se completaba subiendo mi padre César por las empinadas callejuelas de la villa asturiana, era ir a coger el autobús del Alsa que cubría la línea de Ribadeo a Luarca y que tenía parada en Castropol y en Tapia. Para mi padre, suponía un ahorro económico , en aquellos momentos, hacer el trayecto en autobús solamente entre estas dos localidades y no desde Ribadeo. Esto justificaba, por increíble que actualmente pueda parecer, ese gran sacrificio que, por otra parte, sus cuarenta años de entonces le permitían llevar bastante bien y con ánimo. El mar era y fue siempre, una pasión para él por lo que aquellas travesías en las que solía llevar el timón y, en ocasiones, manejar la vela, le servían de disfrute adicional, máxime con la conversación amena y alegre con el barquero.




                                                               Casa Sindical en 1956

Como antes señalé, eran los últimos días de junio de 1955, cuando mi madre, mi hermana y yo nos trasladamos a Tapia para unirnos a mi padre. Un camión portó nuestros enseres, abandonando el enorme caserón del Jardín en el que habíamos vivido desde nuestra llegada de Melilla, apenas dos años antes. Y entramos en Tapia, ante la enorme alegría de mi padre que se liberaba así de la soledad y de las nostalgias de tenernos lejos.

Alquiló una casa en Tapia, próxima a la Sindical. Era un bajo en el edificio de Doña Bernardina Campoamor, una popular maestra ya próxima, entonces, a la jubilación. Una maestra a la antigua usanza, toda dedicación y desvelo por sus alumnos y sus clases. En el bajo de su casa, a escasos metros de la casita del popular Súcaro, al inicio de la calle de Santa Rosa, instaló mi padre su hogar, muy provisionalmente en sus primeros meses, mientras vivía allí solo.
              
Casa de Doña Bernardina (vista actual)




Nuestra casa estaba próxima al muelle y, a la vez, al parque del Marqués de Casariego. En realidad, en Tapia todo estaba próximo al muelle o formaba parte de éste. Bajando una empinada y empedrada cuesta, junto a nuestra casa, llegábamos de inmediato a él. Y subiendo unos metros, en ligera pendiente, se llegaba a la plazoleta denominada Plaza de Fernando Villamil, también llamada de Zoilo Iglesias, a la que se asomaban la Casa Sindical, las escuelas públicas, el parque Marqués de Casariego y algunas tiendas, como la de Santamarina. También se ubicaba allí el Cine de Tapia. Se llamaba Cine Edén y era un estrecho  y alargado local, con pocas filas de sillas y unos palcos, al fondo, con unas estilizadas columnas, tras las que se escondían unas pocas butacas más. Como todo en Tapia, era un cine de juguete. Una pequeña pantalla cerraba el otro extremo del local.


Casa de los Súcaros (vista actual)
                                  
  
Otra imagen de la casa en que vivíamos (vista actual)


El coqueto y siempre bien cuidado parque del Marqués de Casariego, con su espléndida estatua, rodeado por el Ayuntamiento, por el edificio que albergaba, en aquellos años, la denominada Educación y Descanso, la Iglesia Parroquial unos metros más allá y el edificio del Instituto Laboral Marqués de Casariego, era el centro neurálgico de Tapia, aunque esto era más aparente que real. El verdadero centro del pueblo era el muelle. Toda la vida de Tapia giraba alrededor del muelle y de lo que éste representaba. Y los tapiegos tenían una profunda conciencia marinera, de típico y rocoso pueblo norteño de esencias y presencias náuticas. Desde casi todas sus calles había vistas al mar y olía  a mar, a algas y salitre.


       Fachada del edificio que albergaba, en los años cincuenta, "Educación y Descanso" y el CIT de Tapia

                                                    Ayuntamiento de Tapia (vista actual)


                                El Ayuntamiento y la plaza Marqués de casariego en los cincuenta


Uno de nuestros escondites en los juegos infantiles (vista actual)
                                                           

En la bajada al muelle, desde la casa de Doña Bernardina, nos encontrábamos con conocidos lugares de recreo y de refugio como eran el Café Bar Cantábrico y La Marina. Apenas había, entonces, otros bares o cafés en el muelle. Allá arriba, en las calles del pueblo, estaba el Café Moderno, el más conocido y casi único lugar para tomar un café, que contaba con una excelente mesa de billar.

Todo esto lo conocí enseguida, tras mi llegada a Tapia. Una vez instalados en los escasos metros cuadrados de la casita en que vivíamos, con unas amplias ventanas  a un hermoso y bien cuidado patio de los dueños de la vivienda, me lancé a conocer el entorno. Rápidamente, esas exploraciones alrededor de la casa me situaron y captaron mi entusiasmo. El pueblo era una delicia, un verdadero encanto. No en vano, Tapia es una de esas joyas que el Creador fue dejando caer, al azar, por diversos rincones de la tierra. Tapia era, en los años cincuenta, un diminuto pueblecillo que casi cabía en una mano. Era, además, la conjunción del mar y lo marinero, en su más pura esencia, con los blancos arenales de su playa y el entorno de arbolado y praderas que le circunda. 




El muelle de Tapia en toda su belleza


Y para completar el cuadro, las gentes de Tapia nos mostraron desde el inicio una afabilidad y una simpatía, un tanto lejana del estilo más frío y distante vivido en Ribadeo. En Tapia, todos se conocían y todos se trataban, en planos de amistad y confianza.  Era ese ambiente familiar y acogedor de los pequeños pueblos hispanos de la época.

En la casa en que vivíamos, la de Doña Bernardina, ocupaban los pisos  de la vivienda la familia de ésta. Su hija Julia, su marido  Juan Carrasco y sus nietos Juan José y Margarita Carrasco.  En la planta baja, al lado izquierdo tenía su consulta un dentista, mientras nosotros ocupábamos el lado derecho. La edad de Margarita, similar a la nuestra, hizo que se constituyese en nuestra primera amistad en Tapia. Enseguida conocimos a Martín Carrasco, primo de Margarita, que pasó a ser un excelente amigo y compañero de juegos. Por medio de Martín, conocí y pude integrarme en los grupos de juegos infantiles que en el parque o por las callejuelas que bajan al muelle, pasábamos todo nuestro tiempo libre. También compartíamos aficiones de coleccionistas. En ese afán coleccionista, muy común en los niños de la época, cabía casi todo. Así, llegábamos a extremos como guardar cajitas de cerillas con los escudos de todas las provincias españolas, librillos de papel de fumar que tiraban nuestros padres, vitolas de puros y hasta una especie de escudos y estampillas en cartulina, no recuerdo bien de qué, de los que se decía que habían llegado a circular como sustitutos de la moneda en la época de la guerra civil e inicio de la posguerra y el racionamiento. Y, por supuesto, muchos de nosotros éramos entusiastas coleccionistas de sellos de correos, que pegábamos, tras la meticulosa operación  de despegarlos de cartas y tarjetas postales, en modestos álbumes comprados, cuando no confeccionados por nosotros mismos con libretas de papel cuadriculado. Y, todo esto, llevaba al mercadeo y al trueque de unos por otros, entre nosotros. Las horas de recreo de los colegios eran el momento preferido para estos intercambios infantiles.

Por cierto que, en esos años, se popularizó en Tapia, al igual que en toda Asturias, un personaje del que ahora llamaríamos comic: Pinín. Era una colección de cromos con las historias de este personaje, un simpático chavalín asturiano, que se encontraban en  cada una de las tabletas de chocolate La Cibeles. Estos cromos convivían con aquellos otros  que muchos de nosotros coleccionábamos, de futbolistas, de Razas Humanas, de películas como Tambores Lejanos o Paralelo 38, de Sissi Emperatriz o los más inalcanzables para la mayoría de los niños, pero cromos extraordinarios, de Las maravillas del mundo, que venían en las tabletas de chocolates y chocolatinas Nestlé. 
                                                                                                                 
CAPÍTULO II

TAPIA: VIDA Y COSTUMBRES

Y así comenzó mi vida en medio de Tapia, allá por el año de 1955. Con mis primeros paseos por las calles y alrededores  del pueblo, acompañando a mis padres, siguiendo las costumbres de la época, conocí enseguida la playa de Tapia. Su otra joya, juntamente con el muelle. La playa de la Ribeiría atrae y capta la vista y el corazón de todos los visitantes. Y así sucedió conmigo en aquellos días de inicios del verano. La playa era, y sigue siendo, un arenal blanquísimo y puro, bañado y lavado con mimo o con rudeza por mil mareas marinas. En los inicios de los años cincuenta era poco conocida y tan sólo los lugareños y algún visitante fortuito bajaban a ella o la contemplaban desde las empinadas praderas que dan acceso al arenal, aunque era excepción un reducido grupo de franceses que arribó a Tapia y descubrió sus encantos. La cultura de la playa no estaba todavía muy extendida y el turismo nacional y, más aun, el extranjero estaba por llegar. Por eso, era posible corretear por sus suaves arenas y cruzar el río que allí se encuentra con el mar, una y mil veces, en la más completa soledad o acompañado, apenas, por unas pocas personas.

En nuestras aventuras y recorridos infantiles bajaba casi a diario hasta la playa y corría sin parar hasta mojar mis pies en las orillas del mar. Y contemplaba, lleno de admiración, el continuo ir y venir de enormes y encrespadas olas, siempre con cabelleras blancas de espuma, que venían a besar las arenas de la orilla, ya mansas y rendidas. No se practicaba por aquellos años el surf ni el deporte de las tablas, pero las olas eran de diaria atracción para la vista. Ya más metidos en el verano, no faltaba ningún día de baño, partidos de fútbol en la playa o de largos ratos de exposición al sol. Uno de mis amigos y yo descubrimos otro placer añadido para nuestras imaginaciones infantiles. Se trataba de subir, caminando junto a la orilla del río Anguileiro, el que desemboca en la playa, hasta  más arriba de su cruce con la carretera de acceso al pueblo. Allí, próximos a un bar que se llamaba La Volta, echábamos al agua del riachuelo unas sencillas embarcaciones, hechas con corteza de pino, a las que dotábamos de pequeñas velas de papel. Y tras esto, ver como la corriente del riachuelo las iba llevando, camino de la playa. Corríamos a un buen punto de observación en el arenal y esperábamos ver aparecer, navegando a toda vela, nuestras diminutas embarcaciones. La espera no era larga y, casi siempre, nos permitía ver llegar, escalonadamente, a una parte de nuestra flota. Con emoción infantil contemplábamos la escena, corríamos a adentrarnos en aquella pequeña corriente de agua para recoger nuestros barcos y, con frecuencia, volver cauce arriba, para recuperar los que se habían perdido por el camino.  Es fácil imaginar, los excelentes ratos de ensueño pasados con estas correrías, junto al río Anguileiro, en la Xunqueira, en aquellas felices tardes de verano.



La playa de Tapia

Tapia permitía, para el mundo de los niños, otras cosas insólitas a la vez que simples. Así los niños teníamos entre nuestros juegos infantiles, uno muy entrañable. Se trataba de jugar a polis y cacos o, como también lo llamábamos, a policías y ladrones. Esto no era en sí novedoso, ya que en todas partes se jugaba. Pero en Tapia, el territorio de juego era la totalidad del pueblo. Así lo permitía su pequeño tamaño o extensión. Los policías esperaban, por lo general, en el parque, mientras se producía la marcha, a la carrera, de los ladrones, y con el grito de tres navíos a la mar, esperaban la respuesta de y otros tres a navegar, para salir en busca de estos. Las voces, con frecuencia se oían lejanas, envueltas en el eco de  casas y de calles en el otro extremo del pueblo. Con esto, la búsqueda y captura era forzosamente larga y laboriosa, cuando no misión imposible.

Otro entretenimiento que hacía las delicias del mundillo infantil, en el que yo estaba inmerso, lo constituía la llegada a Tapia, de tarde en tarde, de pequeños grupos de artistas o, más bien, artistillas de cuarta fila. Solía tratarse de malabaristas, trapecistas, payasos, cantantes, imitadores, bailaoras, magos o, simplemente, titiriteros. Era un submundo de personajes. Muchas veces miembros de una misma familia, que recorrían España de pueblo en pueblo y de aldea en aldea, actuando por las noches y recogiendo unas monedas para ir tirando. Unos pocos aplausos completaban sus actuaciones, en algunas ocasiones brillantes, pero, por lo general, cómicas y de bajo estilo. Algunos, debían de salir casi a la carrera tras su bufonada o tras echar a perder el reloj de algún caballero en algún juego de magia.





En el lugar ahora ocupado por una cafetería se instalaban los circos ambulantes y toda clase de espectáculos callejeros de la época

Cuando estos grupos recalaban en Tapia, solían actuar en las afueras, más allá de la Iglesia, camino de la playa. Una vez lanzado el aviso por bares, comercios y tabernas, o pegados cuatro carteles en las esquinas del pueblo, la gente acudía en buen número al anochecer. Muchos llevaban sus sillas a cuestas para no estar de pie. Se formaba un amplio círculo alrededor del lugar delimitado por los actores del día. Y comenzaba el espectáculo. Las risas abundaban y se mezclaban con toda clase de expresiones e interjecciones ante un número de payasos o uno de circo, con pequeño trapecio incluido. Todo era a la intemperie. Al final, alguna dama del grupo pasaba el sombrero o lo que fuese, y recogía unas monedas en premio a su trabajo. Para los niños, aquello era realmente fabuloso.

La vida en Tapia era sencilla y tranquila. Aunque podemos exceptuar de esto el día en que cayó en Tapia el primer premio de la Lotería Nacional. Era el sorteo del Niño, el de Reyes. Y se armó un gran revuelo en el pueblo tan pronto se oyó por el Parte, como así se denominaba al Diario Hablado del mediodía que dicho premio había tocado en  Avilés, Getafe, Sueca, varias poblaciones más y.... TAPIA DE CASARIEGO. El número premiado era el 43.650 y acababa de comenzar el año 1956.


El juego de los niños y chavales era en la calle. Sin problemas de tráfico, apenas existente, ni de ninguna otra clase. La calle era nuestra. De vez en cuando, alguna pelea o batalla entre grupos.  La gente se conocía entre sí y, en cierta forma, todos eran amigos.

Era frecuente que los sábados por la tarde y los domingos la gente saliera a pasear por el muelle, por el parque o por los alrededores del pueblo. Con frecuencia se seguía el curso de la carretera general hacia Barres, llegando hasta Rapalcuarto, o se iba en dirección contraria, hacia Campos y Salave. El paseo familiar, en grupo, se interrumpía tan sólo, de tarde en tarde, por el paso de algún autobús del Alsa o algún camión o camioneta de lenta marcha. Y, también, de bicicletas y motos.





La carretera general cerca de Tapia


                Uno de nuestros paseos familiares por la carretera general, en las fiestas patronales de Salave

En mi vida, como la de la mayoría de los niños, plena de momentos felices, apareció un elemento novedoso y de tintes menos agradables. Fue mi asistencia, una vez terminado el verano de 1955, a las clases del Señor Labandera.  Me detendré brevemente en este asunto. Yo debía comenzar el tercer curso de Bahillerato y en Tapia no existía por aquella época ningún centro, público o privado, que impartiese las enseñanzas del Bachillerato tradicional, el que debía dar paso a estudios superiores. La única opción posible pasaba por acudir al colegio de D. José Antonio Labandera y estudiar allí como alumno libre, lo que permitía ir a exámenes finales a un Instituto Nacional. En mi caso, éste fue el de Lugo. Y decir colegio era una forma eufemística de hablar. Tenía el Señor Labandera su casa y su escuela o academia, cercana a la Iglesia, unos portales más abajo, camino hacia la playa. En las últimas casitas, entonces, del pueblo. El aula, ya que solamente había una, era una pequeña estancia de la planta baja de la casa. En ella estaba, en ángulo, la mesa del profesor, el señor Labandera. A lo largo de tres de sus paredes, había unos bancos corridos de madera, de aquellos que existían en la época por todas partes, bajos e incómodos, sin respaldo por supuesto. Eran lo suficientemente inestables para que se fuese al suelo quien estaba sentado en uno de sus extremos, al levantarse bruscamente el del otro extremo. No había pupitres ni mesas para escribir. No había tinteros ni cajones para libros y libretas. Se guardaba todo debajo del banco. Se escribía sobre las rodillas. Al frente, en la pared junto a la puerta de entrada había un amplio encerado. Sin duda, lo mejor de la clase.



                    En esta calle estaba la academia del Sr. Labandera, en el lado derecho (vista actual)



El alumnado, que constituíamos alrededor de una docena de niños y niñas, era de diversos cursos y niveles de enseñanza. La mayoría cursábamos los primeros años de Bachillerato Elemental, aunque algunos eran de cultura general. Labandera enseñaba todas las materias de todos los cursos, es decir todas las asignaturas. Era maestro. Creo que había sido apartado del cuerpo del Magisterio Oficial, como otros tantos, por motivos políticos tras la guerra civil. Y, así, al quedarse en la calle y sin poder seguir con su profesión de maestro oficial, se había visto obligado a dar clases particulares. No obstante, había una excepción a sus clases de todo: el latín. Con esto, no se atrevía o no quería atreverse.

Como alumno de tercero de Bachillerato, yo debía dar clases de latín, una de las asignaturas del plan de estudios. Para ello, Labandera encontró como profesor para mí y para otra chica compañera de estudios, que creo recordar era de Salave, a un antiguo seminarista reconvertido en agricultor y repartidor de leche. Todos los días en que teníamos clase de latín, llegaba en una bicicleta sobre la que llevaba dos cántaros metálicos llenos de leche. Apoyaba la bici en la fachada de la casa, junto a la puerta. Daba la clase a su manera. Y se marchaba, pedaleando, a repartir su leche por el pueblo. Sencillamente genial, digno de la mejor película costumbrista de la época. Meses más tarde, en junio, en el Instituto de Lugo me suspendieron el latín. Creo fue más bien por el enfoque pedagógico seguido en aquellas clases del antiguo seminarista.

Nuestro profesor, Labandera, era un buen hombre, aunque serio y duro. Le teníamos un profundo respeto. Se volcaba más en las matemáticas y otras materias de ciencias que en las letras. Era un especialista sacando al personal a explicar algo en el encerado, el cual solía dividir en dos partes para poder atender a dos alumnos a la vez.  El silencio era absoluto y el orden totalmente garantizado. En ocasiones, ponía el castigo de retrasar la salida del alumno a mediodía a su casa, mientras no supiese bien la lección o no lograse acabar los deberes correspondientes.
Labandera, quien a veces tenía que recurrir a castigos más recios, aunque no lo necesitaba demasiado ya que el silencio y el orden imperaban siempre, era un buen docente a su estilo, el de la época. El que más y el que menos, aún en lugares de más relieve y en colegios de buen porte, ya había pasado con anterioridad una larga experiencia de varazos, bofetadas o largos ratos de rodillas con los brazos en cruz.


Otra faceta de Don José Antonio Labandera era la de sus artículos en El Faro de Tapia, sobre diversos aspectos del pueblo. Siempre  extensos y muy documentados, trataba de cuestiones tales como: Un río dividía antaño el pueblo, Un tapiego fue el primer importador de maíz en Asturias, ¿Fueron los vascos fundadores de Tapia?, ¿Salave fue en otro tiempo templo fenicio al dios Salambo?, Los megalitos en Porcía son obra de la naturaleza,  Desde el mar se veía un pueblo con muchas tapias,  Con esta cruz adelante Villamil avante, y otras más.

Otro personaje, para mí inolvidable de aquellos años de infancia en Tapia era Don Bonifacio Amago, el cura párroco. Don Bonifacio era una inmensa humanidad. Hombre grueso y voluminoso, tenía facciones duras, casi tanto como su aguerrido verbo. Su voz fuerte y potente, retumbaba entre las columnas de la Iglesia Parroquial. Y su espíritu, recio y rocoso,  no se callaba ni se acogotaba por nada. Su bondad también era evidente. Era un santazo, a la par que  un hombre terrible para tenerlo enfrente, Sus homilías o sermones de los domingos, desde lo alto del púlpito, eran pedagogía pura y directa. El Dios bueno y misericordioso que premiaba a los buenos y castigaba a los malos. Pero el pueblo le quería y estimaba. Y se contaba con él para casi todo. A su muerte, por aquellos años cincuenta, se fue toda una institución en Tapia, todavía no olvidada. Descanse en paz el bueno de Don Bonifacio. Siempre me recordó al cura Don Camilo, el de la conocida novela italiana. Junto a él ejercía por aquellos años el sacerdocio en Tapia, como coadjutor, Don Sabino Lanza.




Iglesia Parroquial (vista actual)

Pero, todo lo anterior carecería de importancia si omitimos el muelle y su vida propia. Tapia era un pueblo intrínsecamente pesquero. La flota era pequeña, como el pueblo entonces y los marineros constituían un grupo no excesivamente numeroso. Aparte de algunos pesqueros pequeños, había bastantes embarcaciones de remo y vela y algunas de motor. Pero todo el pueblo vivía el mar, conocía los barcos y sus tripulantes, sabía de patrones y costeras. La entrada y salida de las embarcaciones era seguida siempre con interés y emoción. Ir al muelle a ver las lanchas y pesqueros era un espectáculo de obligada contemplación. Y los niños vivíamos casi dentro de ellos, tal era nuestra curiosidad por todo ese mundo marinero.



El muelle en una vista de los años cincuenta con bastantes lanchas varadas en tierra 

Vibrábamos emocionados ante la descarga de una buena pesca, viendo las cestas y cajas repletasde peces o los contenedores con cebo vivo para la costera del bonito, formado por infinidad de pequeños pececillos. O cuando la flota, no podía salir a causa del temporal o el mal tiempo que golpeaba con saña los dos diques de entrada en la bocana del puerto. En bastantes ocasiones, el temporal hacía saltar sus bravías olas por encima de esos diques de protección y les permitía entrar furibundas en el interior de la dársena. Ésta era, no obstante, abrigada a toda clase de vientos y marejadas. Era y es un buen refugio, pero de muy poco calado. Sólo servía para pesqueros o pequeñas embarcaciones. En esos días se subían a tierra los barcos y lanchas, tirando a mano de gruesos cabos, por las rampas del muelle.



Una abundante descarga de pescado en el muelle de Tapia en los cincuenta

CAPÍTULO III

EL CIT DE TAPIA DE CASARIEGO


El Centro de Iniciativas y Turismo de Tapia fue creado siguiendo el camino trazado por otros existentes, en esa época, en otros lugares. Un grupo de activas gentes de Tapia, unieron sus esfuerzos para poner en marcha este organismo. Como su propio nombre indica, se trataba de fomentar iniciativas que pudieran atraer turistas y visitantes a Tapia. Pero ¿por qué esto? ¿Por qué en ese momento?




En la primera mitad de los años cincuenta, una vez que el país comenzaba a dejar atrás las secuelas de la guerra civil y los primeros años de la reconstrucción y las mil penurias pasadas por la población española, se inició un lento despertar a la vida, la conciencia colectiva de dar nuevos pasos. Y se empezó en toda España a pensar en el turismo. El país, muy empobrecido y todavía en fase de reconstrucción, tenía un enorme potencial para atraer visitantes. La naturaleza, la cultura, los monumentos históricos, el clima, los precios muy distantes de los del mundo occidental... Todo estaba a favor. Y Tapia no era una excepción.

Tapia era un pueblo pequeño, pero trazado por una mano maestra. Centrado sobre su pequeño puerto, la dársena y con unas pocas callejuelas en confluencia hacía él. Con un entorno de naturaleza de bosques y praderas. Y sobre todo con una playa excepcional. Éste era su fuerte, ésta debía de ser la baza a jugar juntamente con la enorme paz y tranquilidad de la vida tapiega.

Los hombres que iniciaron el CIT y quienes tiraron de ese carro en los años cincuenta fueron conscientes de que la playa de Tapia era una mina. De amplio arenal, muy protegido de todos los vientos, de fácil  y rápido acceso desde las casas del pueblo y con unas olas  excelentes para la práctica de algunos deportes náuticos. Por tanto, la playa fue considerada como el centro de todas las actuaciones a llevar a cabo. Por esa época, en plena explosión de eslóganes publicitarios y turísticos por toda la geografía española, tras su nacimiento en la costa mediterránea, se acuñó para la villa el de Tapia, una sonrisa en el Cantábrico. El Faro de Tapia señalaba al periodista ovetense Juan de Neguri como su autor. También se empleó con profusión el de Playa de Oro de la Costa Verde, referido al hermoso arenal de Tapia. Y, por terminar, con elementos propagandísticos que se emplearon en esos años, podemos citar los folletos que se distribuían profusamente señalando a Tapia como el único lugar de verdadero descanso.

El CIT de Tapia de Casariego se fundó en el año 1952, con la finalidad de fomentar la corriente turística  veraniega hacia la villa. Según el número 1 de El Faro de Tapia, se debió a Francisco Labadie, Gobernador Civil, entonces, de la provincia la idea de su constitución. El CIT se unió, tras su creación, a una Federación de centros similares de otros lugares de España. Paralelamente, tomó sobre sí otras funciones. Entre éstas, la de organizar anualmente las fiestas de Nuestra Señora del Carmen y las de San Pedro, colaborar con el Ayuntamiento en el cuidado urbanístico de Tapia  y editar el periódico que se denominaría, a su nacimiento en 1956, El Faro de Tapia.

En el  citado número 1 de El Faro de Tapia, al tratar del CIT como motor de las iniciativas turísticas de Tapia, se decía :...una villa encajada entre la playa, el puerto y la campiña; tranquila, con buenas comunicaciones y con todas las comodidades de la vida moderna cubiertas; y con una población propicia a dar facilidades y afecto a los forasteros. Y sobre esta materia prima venimos trabajando con buen éxito: hay un hecho cierto, el número de veraneantes de Tapia se ha multiplicado por 10 o más desde hace 5 o 6 años.

Sin duda alguna, salvo en lo de las comodidades de vida moderna, tema en el que la exageración era elevada, en el resto se aludía a una realidad palpable. El crecimiento del número de veraneantes en la villa se podía constatar.

Es importante señalar, tal como indica el citado nº 1 del periódico tapiego que: ... todos los directivos del CIT, los actuales y los que lo fueron antes, trabajan con el más absoluto desinterés, hay en los estatutos un artículo que prohibe a sus directivos percibir cantidad alguna por trabajos que a la entidad presten.

Con anterioridad a 1956 pertenecieron a la Junta Directiva del CIT, entre otros, Nicanor Cancio y Garci-Armero, Julio Fernández García, Marcelino Bobis Sanjurjo,  Juan José Carrasco Maseda, Ovidio López López, Mariano Maseda Gallo, Luis Fernández Vigier, Adolfo Pola García, Manuel Méndez López, Victor Aragón Tejerina y Sixto Tamargo Fernández.

En 1956, la Junta Directiva del CIT de Tapia estaba formada por: Joaquín Pérez Núñez, Presidente; Ramón Santamarina Maseda, Vicepresidente; Camilo López Tobalina, Secretario; Manuel García Sánchez, Contador-Tesorero; el Alcalde, Manuel López González, el Delegado Comarcal de Sindicatos, Nicolás López  Cancio, Timoteo Arias Pérez, Moisés Balabasquer López, Gumersindo Fernández Méndez, Eugenio Maseda Santamarina, Andrés Méndez García, Severiano Méndez Rey y José Pérez García, todos ellos como Vocales.
Una de las actividades más importantes, por la repercusión que tuvo para el turismo de Tapia, fue una rifa. Se denominó Su veraneo por un duro. La idea se debió, según parece, a Ramón Santamarina Maseda y fue declarada de utilidad pública. Se trataba de sortear varias estancias veraniegas en Tapia. Para ello se hizo una sencilla, pero eficaz, propaganda por Asturias y, más tarde, por el resto de España, con especial incidencia en Madrid. Los carteles anunciadores de esta rifa, con una hermosa vista de la playa de Tapia, se exhibieron en diversos restaurantes y bares de la capital de España, aparte, claro está, de Oviedo, Gijón, Avilés, Langreo, La Felguera y otras poblaciones asturianas. Con respecto a esa rifa, que en los años 1956 y 1957 permitió recabar unos fondos importantes para el CIT y para la publicidad turística de Tapia, caería en 1958 víctima, al parecer, de la Hacienda Pública que le cobraba una importante cantidad en concepto de impuestos, tal como reflejaba, con tristeza y enfado, un breve artículo de El Faro de Tapia de abril de 1958. Con esto desaparecería esta iniciativa tapiega.

Pero el CIT de Tapia llevaba una vida económica difícil y llena de baches. Todo cuanto se trataba de hacer, siempre en la línea de propaganda del pueblo y de su playa para atraer veraneantes y turistas, costaba dinero. Pero ¿de donde sacarlo? Se iba obteniendo como se podía. El Faro de Tapia refleja continuos lamentos y peticiones de ayuda a diversos organismos oficiales y a la colaboración del comercio y empresarios tapiegos. Con frecuencia, estas peticiones se dirigían hacia  la Diputación Provincial, pero parece ser que no eran con frecuencia escuchadas por esta institución. Un artículo de agosto de 1957 refleja ya el pesimismo de algunos al no lograr salir el CIT de problemas económicos. Achacaba esto al haberse hecho cargo, a la vez, del desarrollo turístico del pueblo y de la organización y financiación de las fiestas del Carmen y las de San Pedro, en el verano tapiego, y al no tener el apoyo económico suficiente del comercio local, principal beneficiario de la expansión turística.

El CIT, aparte de sus problemas económicos, veía como se le presentaban otros: la falta de apoyo del pueblo, el desdén de unos y el abandono de otros. Eso llevó a publicar frases como: ...Pues sí, triste es confesarlo, parece como si, una vez orilladas las dificultades ya no se desea contar con el CIT y cada vecino o cada industrial se complacen en hacer de su capa un sayo. Ya no hay calor para el Centro de Iniciativas y ya está en puertas la otoñal pulmonía que acabará con la empresa...

También, advierte el CIT a los vecinos de algo muy común en muchos lugares en cuanto aparecen los visitantes y turistas: del riesgo de matar la gallina de los huevos de oro. Así, señala: ... se han recibido quejas razonadas de malos servicios, de carestía de alimentos, de incluso doble precio en vigor para indígenas y para veraneantes accidentales... Apretar las clavijas al bolsillo de quien convive con nosotros estos meses supone, volvemos a repetirlo, ahogar la gallina de los huevos de oro que había traído en feliz  empresa el CIT...

En resumen, el CIT fue una muestra de un entusiasmo colectivo de un grupo de hombres de Tapia, que se lanzaron a la aventura de dar a conocer la villa al mundo, de abrir puertas y fronteras, de enseñar las infinitas bellezas de su playa, de su puerto y de su naturaleza circundante. Y lo lograron. A su manera, pero lo lograron. Los frutos están hoy a la vista. Tapia es un hervidero de veraneantes, visitantes y turistas durante los meses de verano. Su playa es conocida y reconocida como una de las mejores del Norte de España y es uno de los puntos de referencia de la práctica del surf. Los tapiegos de hoy han de estar agradecidos a aquellos hombres del CIT que tiraron fuerte del carro, cuando no había ni camino para hacerlo.
CAPÍTULO IV

“EL  FARO DE TAPIA”

Con fecha 7 de enero de 1956 vio la luz el primer número de esta publicación, en su segunda etapa de vida. La primera había terminado bastantes años antes, a principios del siglo XX. Comenzaba, en esa fecha, una publicación mensual bajo el empuje del CIT tapiego, del que ya tratamos en el capítulo anterior.

El Faro de Tapia nacía con vocación de ser la voz escrita del Occidente de Asturias. No existía otra publicación periódica, en esos años, en otras localidades de la zona, salvo en Luarca. Era una hermosa aventura protagonizada por un pequeño puñado de hombres de Tapia. Entre los propósitos iniciales del periódico estaba llevar los sucesos y la vida del Occidente de Asturias a la amplia colonia de emigrantes asturianos en América. Parece ser que había sido una sugerencia de estos el lanzamiento del periódico. Así se decía en el editorial de presentación de ese primer número: Primero queremos servir la apetencia de noticias de quienes viven dentro y fuera del concejo, vecinos a él o lejanos, tras la singladura atlántica, residiendo en América, pues no en vano ha sido sugerencia suya en gran parte el que acometamos la edición del periódico con pretensiones de cordial y caluroso mensaje para cura de nostalgias allende los mares.

Se trataba, además, de ser portavoz del Centro de Iniciativas y Turismo de Tapia y queremos, también, que no se encoja en los límites del término municipal, sino que esté dedicado, referido, hecho todo él, en definitiva, en todo el Occidente de Asturias, desde los Oscos a Villayón y desde Luarca a Vegadeo.

Figuraba como Director del periódico Eugenio Martínez Pérez, que firmaba como Eugenio de Rioja, periodista del diario ovetense La Nueva España. Éste, de vez en cuando, escribía algún artículo en El Faro de Tapia. Gran parte de los artículos los escribía César Díaz Echevarria, quien además ejercía funciones de Administrador y distribuidor, a la vez que perseguía colaboraciones y anunciantes. César era el alma mater del periódico y se esforzaba cada mes en llenarlo de contenidos. El periódico se editaba en Oviedo.





César Díaz Echevarria (en el centro) preparando, junto a varios colaboradores, el envío por correo de los ejemplares de El Faro de Tapia 

El periódico, si bien de bajo coste, necesitaba inevitablemente un determinado volumen de anuncios. Y ésta fue, como era de esperar su cruz.  El precio de cada número fue, inicialmente, de 2 pesetas para pasar más adelante a 3 pesetas. Una parte importante de los ejemplares se remitían a América y un número ya menor a otras ciudades españolas. Pero estos ingresos eran insuficientes. De ahí la necesidad, común en toda la prensa periódica, de los anunciantes.  Y esto fue una penosa tarea. Costaba mucho conseguir anuncios y más, todavía, que permaneciesen en varios números.

Por tanto, la vida de El Faro de Tapia fue una constante odisea. Fue un milagro que alcanzase los 36 números y se pudiese editar, mes tras mes, hasta  diciembre de 1958. Es decir, tres años completos de existencia, salvando toda suerte de escollos económicos. Pero la ilusión de su publicación podía con todo.

La mayor parte de los números publicados tuvieron 8 páginas. Hubo algún número que constaba de más. Todos los publicados presentaban varias fotografías y, en ocasiones, dibujos.

En lo que respecta a su contenido hubo secciones casi fijas. Es el caso de comentarios sobre el CIT, la denominada Destellos, la de sociedad  (lo que podríamos denominar ecos de sociedad),  datos del Registro Civil, Cartas al Director y crónicas de las diversas poblaciones de la zona del Occidente de Asturias. Siempre, uno o varios artículos sobre cuestiones relativas a Tapia de Casariego y a algunos de esos pueblos o villas cercanas. No faltaban otros sobre el mar y la pesca, fruto no solamente de la importancia que estos tenían en la vida de la zona, sino también de la pasión de su autor, César Díaz Echevarría, por todo lo marinero.

Entre las firmas que pasaron, con más o menos frecuencia, por El Faro de Tapia podemos mencionar, entre otras, las siguientes: Andrés Méndez, Jesús Ordóñez, J. Antonio Labandera y la que se escondía tras el seudónimo de Almed, que podría ser Alejo Fernández Méndez ya que éste colaboraba también con El Faro.  Pero, como ya se ha dicho, era César Díaz Echevarría quien corría con llenar la mayor parte de las páginas, firmando de diversas formas, tales como C.D.E, César Lombán, César Lombán del Eo, Lombán, C.D. Echevarría y, en ocasiones, sin firma alguna.

Entre los anunciantes más habituales, que se mantuvieron prácticamente durante los tres años de vida del periódico, podemos enumerar a: Casa Joaquina, Confitería Milín, la serrería de Navia de Fernando Fernández Jardón, el almacén de fontanería y sanitarios ovetense La Marquesina, Carmen Pérez- Venta de mariscos, Droguería Cantábrica de Gijón, la sastrería R. Álvarez, Hijos de Carlos Albo S.A., Automóviles Luarca S.A. (ALSA), Anís de la Praviana, la gestoría administrativa de Oviedo Azcárate, Foto Súcaro, La casa del avicultor- García Saavedra, de La Caridad, el hotel La Marina, Almacenes Generales  y sus botas Chiruca, Navarro Óptico, Cantabria Agrícola, de Oviedo, Ramón Santamarina- Tejidos, el médico de Oviedo Dr. Eduardo G. Menéndez, Casa Julio y  la academia de corte y confección María Luisa. En los últimos números aparecen otros como Francisco G. Méndez- Carnets de conducir, Droguería Iñaki, de La Felguera, y Naranco- Minas mecánicas. Se observa que no hubo progreso en este importante capítulo de la publicidad. Ésta era, además, sumamente sencilla y sin el menor diseño. En la segunda parte de esta obra se han incluido algunos anuncios de esos establecimientos.

En los diversos capítulos de este libro se comentan aspectos, referidos a las distintas villas y pueblos del Occidente asturiano, que fueron objeto de artículos o noticias de los números de El Faro de Tapia publicados. Por este motivo, no se expone aquí el contenido del periódico sobre ellos.

Tras el número 34 de El Faro de Tapia, publicado el 7 de octubre de 1958, se produce la marcha del principal soporte de la publicación a Ribadeo, su nuevo domicilio profesional y familiar. De ello da cuenta un suelto de ese número que dice: Marcha sentida. Ha sido destinado a Ribadeo (Lugo) para hacerse cargo de la Agencia de los Seguros Sociales de la Cofradía de Pescadores y como Oficial de la Delegación Comarcal de Sindicatos de dicha villa, nuestro entrañable amigo César Díaz Echevarría que en esta villa también estaba empleado en la Delegación Comarcal de Sindicatos y era una de las piezas fundamentales en la edición de este periódico.

Muchos elogios había que hacer a favor  de este buen amigo, a quien tanto apreciamos todos los tapiegos, pero nos limitaremos a desearle los mejores auspicios en su nuevo cargo y a reiterarle, una vez más, nuestro más sincero afecto y el de todos los radioescuchas que echan de menos sus semanales charlas tituladas “Habla Tapia”, en las emisiones de los viernes de Radio Luarca.

Y tras esta marcha, poco tiempo más duraría ya El Faro de Tapia. El 7 de noviembre sale el número 34. Curiosamente quienes lo editan, tras la marcha de César, repiten el número anterior en el ejemplar de noviembre. Con ello, la secuencia numérica quedó duplicada en el 34. El  7 de diciembre de 1958 sale a la calle un nuevo número del periódico. Le asignan los números 35 y 36, evidentemente con ánimo de corregir el error sufrido en el número de noviembre.

Ese ejemplar de El Faro de Tapia del 7 de diciembre de 1958 sería ya el último. No salieron ya más números y se ponía fin así a la segunda etapa de esta publicación. Cargado de nostalgias, un editorial dice:  El Faro dice ¡hasta la vista! Quizás este número sea el último de El Faro de Tapia, debido a una crisis interna producida por una aguda falta de fondos para afrontar los gastos de la empresa. Hasta ahora fiábamos  en el pago de las suscripciones de ultramar, lo que nos causó engorrosos trámites para cantidades realmente insignificantes. Dejamos el envío del importe a la voluntad de los tapiegos, naviegos, castropolenses,  vegadenses, boalenses, etc y hasta luarqueses de allende los mares que recibían puntualmente el periódico. Pero, apenas, si hemos recibido una octava parte de nuestro crédito.

Además, muchos tapiegos que se dicen amantes de su villa, que han visto incrementar su negocio gracias a los veraneantes que ha traído EL FARO, apenas si quieren saber nada de esta crisis por la que atraviesa nuestro portavoz. Ellos debieran ser los que mediante la contrapartida de anuncios, mantuvieran la salida puntual de EL FARO, hasta salir de este déficit. La decadencia del FARO indica, en cierto modo, la decadencia de Tapia, que se queda sin voz para exponer sus problemas.

De no buscarse una solución antes del próximo mes de enero, EL FARO DE TAPIA dice a sus lectores ¡hasta la vista! Es posible que a la larga se eche de menos la compañía de este periodiquín y nos decidamos a patrocinar de algún modo su reaparición.

Entretanto, deseamos a todos nuestros lectores y anunciantes felices Pascuas y próspero Año Nuevo.

Es evidente, que quienes estaban al frente del periódico en esos últimos momentos se sintieron y se quedaron solos, sin ninguna clase de ayuda. Su tono amargo delata sus sentimientos. Pero, en todo caso, no cabe duda que se notó, por completo, la definitiva ausencia de César Díaz Echevarría al timón del periódico, que durante los tres años anteriores había llevado.


A continuación se muestra la portada correspondiente al número 1 de El Faro de Tapia. En el capítulo denominado "Portadas de El Faro de Tapia" se muestran otras 25.